La exposición De Posada a Isotype, de Kollwitz a Catlett, centra su investigación en el desarrollo e intercambio entre diferentes medios gráficos supuestamente obsoletos y antitecnológicos como la xilografía, el grabado en madera, el linóleo y la litografía así como sus funciones y formas de distribución en contextos geopolíticos y sociales muy diferentes. La muestra, comisariada por Benjamin H.D. Buchloh y Michelle Harewood se articula en torno a cuatro grandes áreas, partiendo de los casos iniciales del mexicano José Guadalupe Posada y de la alemana Käthe Kollwitz, las dos grandes figuras del grabado de finales del siglo XIX, para seguir con el expresionismo alemán y el Taller de Gráfica Popular mexicano, y terminar con el proyecto Isotype(International System of Typographic Picture Education) de los austriacos Otto Neurath, Marie Reidemeister-Neurath y el alemán Gerd Arntz.
En la primera sección de la muestra se contrapone el trabajo de José Guadalupe Posada y de Käthe Kollwitz, situados en extremos opuestos del espectro geopolítico y artístico: por un lado, la producción de Posada, desarrollada a partir del grabado francés de Honoré Daumier y Paul Gavarni, que recoge sus caricaturas políticas mordaces, anuncios y viñetas; y, por otro, la obra de cariz socialista y feminista de Kollwitz, basada en un primer momento en la gran tradición del aguafuerte y la litografía europea, desde Rembrandt hasta Goya, que abandona en pos de la xilografía, medio con el que conecta con las clases bajas y empobrecidas. Ambos serían posteriormente referentes para artistas gráficos políticos de México, Estados Unidos, la Unión Soviética y China. La obra de Posada, representada a través de numerosas octavillas, pósteres y periódicos que servirán de referencia de una identidad nacional mexicana durante décadas, dialoga en la muestra con los grandes porfolios con los que Kollwitz refleja los dramas sociales de la Alemania del Imperio hasta la Primera Guerra Mundial: Ein Weberaufstand [La revuelta de los tejedores, 1893-1897], Bauernkrieg [La guerra de los campesinos, 1903-1908] y Krieg [Guerra, 1922-1923].
La segunda sección está dedicada a la reaparición de la tradición del arte gráfico durante los primeros diez años del expresionismo alemán. Bajo el impacto del descubrimiento de los grabados en madera de Paul Gauguin, entre otros, varios miembros de Die Brücke como Ernst Ludwig Kirchner o Karl Schmidt-Rottluff, difundieron desde 1905 la xilografía y el grabado tanto como un medio específico de la tradición artística alemana como, paradójicamente, una manera de presentar un globalismo primitivo. Es a través de la figura del historiador, crítico y editor alemán Paul Westheim, y sobre todo de su libro El grabado en madera (1921), cuando se entiende el grabado medieval como un lenguaje propio de la nación alemana moderna posterior a la Primera Guerra Mundial, diferenciada de los lenguajes del cubismo francés y el futurismo italiano. A raíz de su exilio a México en 1941, Westheim vincula el grabado mexicano con el expresionismo alemán, incluyendo en la segunda edición de su libro (1954) al propio Posada así como a varios miembros del Taller de Gráfica Popular. Una década después de la fundación de Die Brücke, la producción gráfica alemana da un giro radical al abandonar la xilografía y su asociación con las ambiciones retrógradas del nuevo nacionalismo alemán, y al experimentar con nuevas vías de producción gráfica en obras como Die Hölle [El infierno, 1919] de Max Beckmann, Gott mit Uns [Dios con nosotros, 1919] de George Grosz y Der Krieg [La guerra, 1924] de Otto Dix.
El protagonismo de la tercera y más amplia sección de la muestra es del Taller de Gráfica Popular. El México posrevolucionario también vivió el debate sobre el uso del medio gráfico como herramienta de comunicación y educación de las clases trabajadoras y rurales, debate que tuvo lugar inicialmente en periódicos como Frente a Frente y El Machete. En ellos se dudaba de que las pinturas murales promovidas por el Estado se correspondieran con las necesidades de esas clases sociales, y defendieron que los medios gráficos eran más efectivos para tal fin. Fundado en 1937 por Raúl Anguiano, Luis Arenal, Leopoldo Méndez y Pablo O´Higgins en el seno de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, el Taller de Gráfica Popularestuvo formado por numerosos artistas/activistas que produjeron una gran cantidad de folletos, carteles, panfletos y grabados que contribuyeron a fortalecer las formaciones políticas progresistas, y a defender causas como la nacionalización de los recursos mineros y petroleros o los derechos a la tierra de las poblaciones indígenas. Asimismo, el Taller se comprometió cada vez más con la lucha contra el fascismo, sobre todo tras la victoria de Franco en la guerra civil española, en la que desempeñó un papel fundamental el importante número de artistas y escritores exiliados, principalmente españoles y antifascistas alemanes organizados en torno a asociaciones como la Liga Pro Cultura Alemana en México. Entre ellos cabe destacar al arquitecto y segundo director de la Bauhaus de Dessau Hannes Meyer y a su segunda mujer, Léna Bergner, miembro asimismo de la Bauhaus donde asistía a los talleres de textil y diseño gráfico. Invitados por el gobierno de Lázaro Cárdenas como urbanistas, muy pronto entrarían en contacto con el Taller de Gráfica Popular: Meyer como director financiero de la editorial del Taller, La Estampa Mexicana; y Bergner como diseñadora gráfica de numerosos porfolios publicados por la editorial, entre ellos las Estampas de la Revolución mexicana (1947) y la primera gran publicación donde se documentaba la actividad del Taller: TGP México. El Taller de Gráfica Popular. Doce años de obra artística colectiva (1949).
El Taller también contó entre sus miembros con escritores y artistas exiliados estadounidenses como la fotógrafa Mariana Yampolsky, el pintor Charles White y la escultora y grabadora Elizabeth Catlett, quien adaptaría la iconografía y la técnica gráfica de Kollwitz en sus grabados y carteles en favor de la causa feminista y del Movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos.
Como conclusión dialéctica e histórica de la exposición, en la cuarta sección se desarrolla a través de una extensa documentación el proyecto Isotype de Otto Neurath, Marie Reidemeister-Neurath y Gerd Arntz, en sus diferentes fases y sedes: Düsseldorf, Viena, Moscú, La Haya y Londres. Este proyecto adquirió rápidamente un reconocimiento internacional, tanto en aplicaciones prácticas para una nueva y emergente sociedad de la información como en términos de un debate teórico sobre las funciones adecuadas de lo pictórico. El sociólogo vienés Otto Neurath, en colaboración con su esposa Marie Reidemeister, descubrió la producción pictórica y gráfica de Gerd Arntz y la reconoció como el medio ideal para formular un lenguaje de signos verdaderamente internacional, funcional y universalmente legible. Los principios del proyecto Isotype se diseñaron en colaboración entre Arntz y Neurath para transmitir información sociológica, económica y política crucial para las clases trabajadoras de los Estados nacionales tradicionales, así como para los Estados poscoloniales emergentes del periodo de entreguerras y de la Segunda Guerra Mundial.
Carlos Bunga (Oporto, 1976) inicia su carrera vinculado a la pintura, aunque pronto expande sus intereses hacia experimentaciones con la tridimensionalidad que le permiten explorar las interrelaciones entre los cuerpos y los espacios. Buena parte de su obra impugna la concepción de la arquitectura como lenguaje del poder, cuestionando inercias arraigadas como orden, solidez o eternidad. Bunga prescinde voluntariamente de la grandilocuencia de los materiales tradicionales y apuesta, en cambio, por la precariedad de unas estructuras compuestas tan solo por planchas de cartón y cinta adhesiva.
Sus instalaciones —que con frecuencia se antojan maquetas fuera de escala— apelan a la multiplicidad de posibilidades de una arquitectura en plena potencia. Suelos, techos, paredes y pilares provisionales introducen la temporalidad en las formas constructivas, pues en el montaje de la instalación ya viene implícito su propio desmontaje. La documentación gráfica del proceso resulta la única “ruina”, el único recuerdo, de una arquitectura que alguna vez existió. Modos de hacer, y de deshacer, que subrayan tanto la mutabilidad constante del proceso artístico como el carácter performativo de su interacción social.
Como construcciones efímeras, sujetas a la circunstancialidad de tiempo y de lugar, las intervenciones de Carlos Bunga tienen, además, la capacidad de deconstruir los espacios en los que se insertan coyunturalmente para resignificarlos. Así ocurrió, por ejemplo, con los compartimentos que adosó en el Palacio de Congresos Kursaal de San Sebastián para Manifesta 5 (2004), con la instalación en el patio central de la Pinacoteca do Estado de Sao Paulo (2012), con las naves que dispuso en La Capella del Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA, 2015), o con el laberinto que articuló en el Museum of Contemporary Art Detroit (MOCAD, 2018). Edificio dentro del edificio, continente a la vez que contenido, Bunga redimensiona la experiencia de un espectador que no solo contempla la obra, sino que, al hacerlo, también se integra con ella y la transforma.
Este proyecto para el Palacio de Cristal es una continuación de dichas investigaciones previas con las que incorpora nuevas capas de lectura a una ubicación ya de por sí connotada. Los ciclos de la naturaleza que circundan el Palacio, así como el contexto en el que fue originariamente construido el edificio constituyen algunas de las claves para su nueva instalación, que engarza la dialéctica entre el adentro y el afuera de los discursos.
La obra de Carlos Bunga ha sido expuesta en museos y centros de arte internacionales tan relevantes como el Museu de Serralves en Oporto (2012), el Museo Universitario de Arte Contemporáneo MUAC-UNAM de México D.F. (2013), la Whitechapel Gallery de Londres (2020) o la Secession de Viena (2021), entre otros. Este proyecto para el Museo Reina Sofía constituye su mayor intervención en Madrid hasta la fecha.
Giro gráfico. Como en el muro la hiedra es fruto de un largo proceso de investigación colectiva llevada a cabo por la Red de Conceptualismos del Sur en colaboración con el Museo Reina Sofía. La exposición propone un recorrido por las iniciativas gráficas que, desde la década de 1960 y hasta la actualidad, han confrontado contextos de urgencias políticamente opresivos en América Latina, articulando estrategias de transformación y de resistencia que cambiaron radicalmente los modos de hacer, su forma de establecer vínculos intersubjetivos, de construir comunidades e, incluso, la propia circulación de los soportes gráficos.
Con el objetivo de indagar en cómo estos procedimientos colectivos visibilizaron las diferentes demandas sociales, la exposición reúne una amplia selección de esos materiales y consignas de rápida y eficaz circulación fuera del campo del arte, de diversas procedencias y latitudes, que tienen en común tanto la precariedad de los componentes y de los medios, como su potencial gráfico y de distribución que los activa como revulsivos revolucionarios. En este sentido, movimientos pro derechos indígenas, luchas por la memoria de las víctimas de las dictaduras en Chile, Argentina, Perú o Uruguay, activismos queer o feminismos, se entrecruzan y se alzan como productores de carteles y pancartas, camisetas, intervenciones en el espacio urbano, performances o acciones callejeras, que conforman un complejo conjunto de experiencias atravesadas por lazos de solidaridad, afinidad e influencia entre los diversos países tratados. Así, la muestra entiende la noción de gráfica en un sentido expandido y la idea de giro como revuelta, desafío al poder e inversión de lo dado. Desde espacios de conversación, consultivos y deliberativos se atiende a los vínculos entre arte y política impulsados por colectivos —tales como AIDA, Alvorada, Cromoactivismo, Fugitivas del Desierto, Iconoclasistas, La Voz de la Mujer, entre otros— y artistas, a veces reconocidos como Julio Le Parc o Luis Felipe Noé, y otras veces anónimos, muestra inexorable de la manifestación popular.
Los casos de estudio analizados en esta ocasión, dentro y fuera del continente americano, evidencian la amplia variedad de herramientas de acción gráfica que conectan modos de reivindicación y disidencia a nivel internacional. En curso o recientes, estos procesos miran hacia otros movimientos de las décadas precedentes de los que se nutren, como si fuesen episodios interconectados. Este diálogo pretende encontrar no solo coincidencias o afinidades entre ciclos históricos sino también tensiones, latencias y transformaciones en las prácticas gráficas.
Frente a los materiales gráficos de la vanguardia asociados a la idea de socialización del arte, el presente da cuenta de la redefinición del arte gráfico desde la práctica política, mediante estrategias de agencia que comprenden su inserción en circuitos ideológicos, la generación de relatos contrahegemónicos y decoloniales, la transformación del espacio público, el uso de diversas temporalidades —la inmediatez de la protesta callejera y el tiempo dilatado de la elaboración de un tejido o un bordado— así como su capacidad para generar comunidades de resistencia colectiva que traspasan fronteras geopolíticas, sociales e institucionales.
Como en el muro la hiedra hace referencia a un verso de la canción “Volver a los diecisiete” de la cantautora chilena Violeta Parra, que ha inspirado esta investigación. La gráfica crece en los muros y, como la hiedra, siempre vuelve a brotar porque, en este tiempo cíclico, las cosas no pasaron, siguen pasando, atravesando y conmoviendo.
La exposición dedicada al artista Néstor Sanmiguel Diest (Zaragoza, 1949) brinda la oportunidad de examinar su producción artística desde finales de la década de 1980 hasta la actualidad.
Este proyecto expositivo explora las relaciones que el artista establece entre imagen y texto. Una producción en la que se cruzan registros pictóricos, sistemas de reglas y signos gráficos, y en la que el trabajo, entendido como una máquina abstracta que estructura nuestras vidas, aparece como una preocupación constante. Lejos de establecer un itinerario exhaustivo o con voluntad antológica, la muestra dibuja una cartografía en la que se relacionan piezas ejecutadas en distintos momentos de su trayectoria.
Desde los primeros años de su actividad, vinculado a la fundación de colectivos como A Ua Crag (1985-1996), el Segundo partido de la montaña (1987-1988) y Red District (1990-1992), Sanmiguel Diest se presenta como un productor sistemático y metódico. Su obra ingente, cientos de dibujos y pinturas, conforma un catálogo en el que los límites entre imagen, texto y representación se vuelven visibles y problemáticos. Alejado de las convenciones, sobre todo de aquellas que se apresuran en dictaminar la obsolescencia de algunos lenguajes en la contemporaneidad, sitúa su práctica en un campo cuya profundidad histórica es reconocible con referencias a la historia del arte, la literatura y a la cultura popular. Son trabajos que no participan de una interpretación literal del mundo que nos rodea, al contrario, responden a un programa que se asienta en la simultaneidad de imágenes y textos, discursos oficiales y subalternos, ideológicos o meramente documentales, en un mecanismo potencialmente infinito y circular que obliga a resituar la mirada de quien se sitúa frente a ellos.
Sanmiguel Diest define su práctica como el “oficio de esquivar”, una premisa que se materializa en su forma de apostarse en la periferia, no solo geográfica, también técnica y material, y cuya consecuencia directa ha sido la escasa visibilidad con la que ha contado hasta hace pocos años. Este rehuir o alejarse de las narrativas y los relatos hegemónicos del arte ha funcionado como táctica y método, alimentando un pensamiento que cuestiona los modos de producción contemporáneos y su concepción del tiempo.
Exposition internationale de Comics, Histoire de la bande dessinée a du XXème et XXIème siècle
Esta exposición se acerca al cómic como herramienta de pensamiento y como medio capaz de intercalar el corte de la discontinuidad en las lógicas de las historias. A lo largo del siglo xx y hasta llegar a la actualidad, el cómic ha constituido un espejo de la realidad capaz de captar los cambios en la sociedad y los modelos de imaginación. Al mismo tiempo, el cómic ha sido también incentivo de esos cambios y ha aportado anticipaciones sustantivas, como muestra la aproximación a la obra de autores como George Herriman, Milton Caniff y Jean Giraud (Moebius) en esta exposición.
La muestra incluye obras de algunos de los personajes o cómics más célebres como The Yellow Kid de Richard Felton Outcault, Little Nemo in Slumberland de Winsor McCay, Terry and the Pirates de Milton Caniff, Tintín de Hergé, Flash Gordon de Alex Raymond, The Spirit de Will Eisner, Sin City de Frank Miller, The Amazing Spider-man de John Romita, Watchmen de Dave Gibbons y Alan Moore, Arzach de Moebius y Corto Maltés de Hugo Pratt, entre otros. Además, estas obras dialogan con una selección de obras de autores nacionales.
Célébration exceptionnelle du 9e art, en partenariat avec le fonds Hélène & Édouard Leclerc, l’événement « La BD à tous les étages » explore cette expression artistique dans toute sa diversité, se déployant dans tous les espaces du Centre Pompidou.
Plus que les autres peintres du groupe impressionniste, Gustave Caillebotte (1848 –1894) a toujours montré une forte prédilection pour les figures masculines. En « chroniqueur pictural de l’existence moderne » selon l’expression du critique Gustave Geffroy, il dépeint l’apparence et l’existence des hommes de son temps ; du moins de ceux qui vivent auprès de lui – ses frères et amis – ou qu’il croise sur les boulevards en bas de chez lui, ouvriers aussi bien que bourgeois en promenade. Caillebotte pose un regard « réaliste » mais aussi très personnel sur ces figures, empreint d’interrogations sur sa propre identité d’homme (à la fois bourgeois, peintre, amateur, sportif, célibataire), avec l’aspiration de s’affranchir des antagonismes de classe, et empreint d’une forme d’admiration, voire de désir, pour un idéal masculin moderne défiant les stéréotypes de genre. Ainsi, Caillebotte introduit dans la peinture de nouvelles images de la virilité, comme l’ouvrier ou le sportif, mais se plaît aussi à montrer le versant intime, considéré alors comme « féminin », de la vie des hommes bourgeois, passant le temps à jouer aux cartes, à regarder la ville depuis leurs balcons ou même à leur toilette.
À une époque où les sphères masculines et féminines sont plus que jamais différenciées, où triomphent la virilité militaire, le patriarcat bourgeois et la fraternité républicaine, mais où s’amorce aussi le mouvement d’émancipation des femmes et d’émergence des subcultures homosexuelles, les peintures de Caillebotte attestent des reconfigurations à l’œuvre dans la société de la fin du XIXe siècle.